Su tema central, que es la tragedia de su personaje principal Fausto, es la búsqueda de la verdad y del profundo sentido de la vida; lo que da oportunidad al eje de su argumento, en cuanto Fausto celebra con Mefistófeles un pacto en que trueca su alma a cambio de acceder al conocimiento.
Prólogo - En el cielo
La obra se inicia con un prólogo, que transcurre en la corte celestial, en el cual participan como personajes e interlocutores, Dios, algunos integrantes de su corte celestial de arcángeles; y también Mefistófeles, el diablo, el ángel maligno.
Mefisto es llamado el espíritu burlón para marcar su naturaleza igualmente espiritual y divina; mientras que el calificativo de burlón, en su etimología originaria, significa el que niega la luz, es decir, el que niega a Dios.
Este prólogo conforma un verdadero planteo del contenido de la obra, ubica el tema central de índole trágica de que tratará, plantea claramente el objeto filosófico sobre que estará asentado, y en cierto modo anticipa su desenlace.
Al mismo tiempo que expone la cuestión profunda de su argumento, cumple una función también introductoria, descriptiva de los rasgos esenciales de su personaje principal el Dr. Fausto; con lo que hace su presentación en términos que permiten, cuando de inmediato se inicie el trámite de su desenvolvimiento, que quien presencia ese relato tenga una imagen suficientemente ilustrativa de las principales determinantes de la personalidad de ese personaje.
En una primera parte del prólogo, ocupan el centro de la escena sucesivamente tres arcángeles de la corte celestial: Rafael, Gabriel y Miguel. En sus sucesivas intervenciones, se refieren a todos los elementos que constituyen el universo esencial del hombre y de la Tierra en que habita; hacen lo que puede considerarse una presentación inicial de la Creación.
El propio escenario y sus personajes, ya implican situar el contexto de la tragedia en los planos más elevados; y anticipan que el contenido de la obra estará vinculado a grandes cuestiones. Presentar la corte celestial, presupone ubicarse en un ambiente central de las concepciones de la religión cristiana; donde está presente y desde donde contempla al hombre y su mundo, el Ser supremo de la Creación; que obviamente no va a dirigir su atención a cuestiones de menor trascendencia, sino que se ocupará de las cuestiones esenciales de la filosofía.
Pronto se verá, que se trata de la lucha entre el Bien y el Mal, y también del conflicto en que se debate el hombre al respecto, solicitado por su hambre de conocimiento, cegado por la soberbia emanada de una época en que el progreso de la ciencia le ha hecho creer que podrá alcanzar a dominar todo el conocimiento hasta sus más altas y complejas realidades; y arriesgando, en consecuencia, caer en los más profundos abismos del mal al perseguir tales ambiciones.
El arcángel Rafael, hace referencia al Sol, como creación divina. Esta referencia inicial al Sol, fuente de la luz y de alguna manera habilitante del conocimiento de la realidad, se contrapone al título del capítulo inicial de la tragedia: La Noche; que corresponde a un fragmento en que Fausto es presentado en una situación en que se encuentra privado del acceso al conocimiento a que aspira.
El nombre Rafael significa remedio de Dios, y según la Biblia fue el arcángel que devolvió a Tobías el acceso a la luz, la facultad de la visión; de manera que ello coincide con la misión que asume en el comienzo, de mostrar el significado del Sol en la creación.
Hace un canto de alabanza al Sol, expresando que nadie puede conocer la esencia del Sol, que es una obra sublime e incomprensible. Declara que a él le basta con admirar las obras de Dios, en una actitud admirativa que, por ser ahora y siempre marca la característica de su eternidad. Al contrario de lo que será el tema trágico de Fausto, el arcángel nunca se angustiará por no saber, le dará suficiente tranquilidad, simplemente, admirar lo que es perfecto.
Luego habla el arcángel Gabriel, quien canta la belleza de la tierra y el mar. También destaca su perfección, expone los movimientos de la rotación con que se crea la alternancia del día y la noche. De la tierra destaca su belleza: hermosa tierra; y del mar su movilidad de rápidas corrientes.
El arcángel Miguel, habla del aire, de los vientos y de las tempestades (las tempestades rugen). De esta manera, se completa la referencia a los cuatro elementos clásicos de la Creación: el fuego (el sol), la tierra, el agua y el aire.
El mensaje de los tres arcángeles coincide en cada uno de ellos. Consiste en resaltar tres ideas básicas:
Primero la perfección de lo creado por Dios, el cual no ha cometido ningún error.
Segundo, que la naturaleza sólo debe contemplarse y que no es necesario tratar de comprender su esencia.
Tercero, que la eternidad es más bien una suspensión indefinida del tiempo, que una duración ilimitada de él.
De inmediato, habla Mefistófeles, quien supuestamente integra la milicia celestial; pero lo hace de una manera completamente distinta, utilizando la ironía, la burla, y una terminología coloquial, para contradecir los conceptos anteriores. Así, se establece un contrapunto, que anticipa los dos polos entre que habrá de oscilar la tragedia, el Bien y el Mal, la salvación o la perdición del hombre.
La ironía y la burla son instrumentos que emplea Mefistófeles para tratar de captar, mediante la simpatía, "aún a ti que has perdido la capacidad de reír", en su objeto de poner al hombre frente a la tentación. Marca la diferencia de sus intereses con lo que han expresado los anteriores arcángeles, al decir "no sé qué cantar del Sol y de las esferas". No le interesa la perfección de la Naturaleza y de la Creación, sino explorar las imperfecciones del hombre: "yo sólo me ocupo de los malos ratos que se da el género humano".
Por lo tanto, su objetivo es el hombre, al que llama "el diminuto dios del mundo"; porque fue creado a su imagen y semejanza por Dios, y aunque sigue tan original como lo era el día en que fue creado, usa la razón para el mal.
A Mefistófeles le interesa sólo el lado negativo del hombre: "Lo comparo a una de esas cigarras de largas patas, que continuamente vuelan y saltan al tiempo de volar, y repiten sin descanso, entre la hierba, su vieja canción".
Esta comparación despectiva con un insecto que además es considerado inútil, obedece a que, con sus saltos, el hombre aspira a ser superior a los demás seres y a sí mismo; trata de desentrañar los misterios del conocimiento, pretende ser superior a los arcángeles, pero no lo logra.
Al terminar Mefistófeles de hablar, se inicia una segunda parte discernible en el prólogo. El Señor le pregunta "¿Te queda algo que decir? ¿Nada hay en la tierra que tenga algún valor?" y Mefistófeles responde que no.
"Me compadezco de la miserable vida que arrastran los hombres", dice; y con ello, además de exponer su visión pesimista del género humano, introduce asimismo el tema del sufrimiento del hombre, a causa de sus ambiciones desmedidas.
Entonces, el Señor le pregunta si conoce a Fausto, de tal manera que en este personaje va a quedar centrada la tragedia del hombre moderno, su drama por la búsqueda del conocimiento.
Pero, al mismo tiempo, esta referencia permite una descripción inicial e introductoria de los rasgos esenciales del personaje, que constituye su presentación; explicativa de sus actitudes, que facilitará la comprensión. Esta forma de presentación no resultaba necesaria respecto de los restantes personajes; que son menores en importancia, salvo el propio Mefistófeles respecto del cual sus rasgos son obviamente ya conocidos.
Mefistófeles dice que lo conoce. Lo llama el doctor - es decir, el que sabe - el insensato, no se nutre de cosas terrestres, la inquietud lo devora. Lo describe como alguien que no está intelectualmente conforme, un insatisfecho, alguien profundamente agitado. Le asigna, así, los rasgos característicos del Sturm und Drang.
Se instala, entonces, abiertamente la polémica acerca de la condición del hombre y de sus posibilidades de salvación; acerca del papel que corresponde a la razón y a la ciencia en su vida.
El Señor alude a que el hombre puede usar su razón equivocándose, pero se salvará si reconoce su error; obtendrá el perdón de Dios por su misericordia. No ignora el jardinero, cuando el arbolito echa renuevos, que más tarde se cubrirá de frondosas ramas y soberbios frutos. Con esta metáfora, el Señor ya anuncia que, al final, Fausto se salvará y logrará triunfar.
Así se prepara el escenario y el gran tema de la tragedia: Dios y Mefistófeles, el Bien y el Mal, contienden acerca del hombre, su inquietud intelectual y su capacidad final de sobreponerse al mal, y lograr la salvación.
Hay un desafío y un pacto entre ambos; ya que todo lo que haga Mefistófeles para perder a Fausto, será para Dios una prueba. Dios sabe que ocurrirá, y asegura la salvación de Fausto; a pesar de lo que haga Mefistófeles para impulsarlo a la acción movido por una aspiración a ser superior, a tratar de emular a Dios, a procurar alcanzar la sabiduría total y suprema.
De esta manera, Mefistófeles se integra al plan divino, porque su poder no podrá superar al de Dios. Mefistófeles podrá llevar a cabo el intento, sólo porque Dios lo utiliza como instrumento para colocar al hombre frente a la tentación del mal, y permitirle así que pueda superarla.
Mientras viva sobre la tierra, te concedo que pongas en obra tus acechanzas. Dios desafía a Mefistófeles; pero solamente le concede la oportunidad de tentar a Fausto en tanto viva; luego de su muerte, volverá a quedar en el mundo de Dios, así que Mefistófeles no podrá en definitiva quedarse con el alma de Fausto. Y Mefistófeles concluye con una reflexión admirativa, como si aceptara y fuera consciente de que será derrotado: De vez en cuando, me gusta hablar con el abuelo.
De esta manera, parecen existir dos pactos: uno entre Fausto y Mefistófeles, pero antecedido de otro entre Dios y el mismo Mefistófeles. Fausto ignora el primero, y en virtud de ello actúa considerando que su alma pertenece a Mefisto. De esta manera, Goethe concilia la tradición religiosa, pero intenta salirse de la concepción maniqueísta; a pesar de todo, no condena a Fausto a la perdición por el hecho de perseguir el conocimiento.
No parecería lógico, en definitiva, que Goethe abordara el llamado mito de Fausto, dejando totalmente de lado su propia dedicación a la ciencia y a la investigación; en la cual por cierto alcanzó algunos niveles sumamente destacables, que algunos comparan con el de los más reconocidos científicos de su época. En cierto modo, surge un paralelismo entre estos aspectos de la personalidad de Fausto, y los rasgos de la vida del propio Goethe; que en ciertas épocas no dejó de seguir los impulsos pasionales - de acuerdo a lo que era uno de los dictados del Sturm und Drang - pero que no fue ajeno a las reservas éticas y racionales que tal tipo de comportamientos suscita.
Paradojalmente, mirada así, la tragedia de Fausto podría resultar que consistió en no haber sido capaz de apreciar que, la primer consecuencia de la capacidad racional del hombre, ha de ser la de regular su conducta por la reflexión y ajustarse a unas limitaciones éticas que - ya se fundamenten en concepciones religiosas o en la naturaleza misma de la convivencia humana - no pueden ser ignoradas.