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Biografía - Poema de Líber Falco.


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Nota biográfica | Obra literaria | Comentario al poema “Biografía”


Monseñor Jacinto Vera.

Jacinto Vera fue un sacerdote que vivió entre 1813 y 1881. Llegó a ser Vicario Apostólico de la República, y fue el primer Obispo que el Vaticano designó para Montevideo.

Se ordenó en Buenos Aires, siendo designado para ocupar el cargo de Teniente cura en Canelones; que ejerció desde 1841 a 1852. Entre 1859 y 1879 fue Vicario Apostólico de Uruguay. En el ejercicio de ese cargo mantuvo una importante disidencia con el gobierno del Presidente Berro, lo que motivó que fuera desterrado en Buenos Aires entre 1862 y 1863. El Vaticano lo designó entonces, en 1864, como Obispo de Megara hasta 1878, en que el Papa Pío X lo designó en el cargo de Obispo Diocesano de Montevideo.

Monseñor Vera se destacó como un hombre sumamente bondadoso, preocupado por asistir a las personas necesitadas de apoyo moral y económico.

Durante su actuación en Montevideo ocurrieron varias epidemias de las que eran frecuentes en esas épocas, lo que condujo a que se hiciera notorio por su interés por los enfermos, a quienes visitaba y atendía sin preocuparse por los riesgos de contagio.

También se preocupó de ejercer su influencia durante las guerras civiles ante los jefes de los distintos bandos, ofreciendo su mediación para tratar de obtener acuerdos de paz.


A pesar de la referencia que surge de su poema “Biografía”, en realidad Falco no nació en el barrio de la ciudad de Montevideo llamado Jacinto Vera, sino en el barrio denominado “Villa Muñoz”, cerca de las actuales calles Blandengues y Constitución;. Tampoco vivió realmente mucho tiempo en ese barrio, sino solamente una cierta temporada, en casa de una tía; durante un período en que padres estuvieron radicados en la ciudad balnearia de Piriápolis, en el Departamento de Maldonado.


 

Líber Falco nació en Montevideo en 1906, donde murió en 1955.

Proveniente de un hogar sumamente modesto, hijo de un peón de panadería, de joven intentó diversas ocupaciones. Trabajó como peluquero, tuvo un comercio de venta de pan, y fundamentalmente ejerció el oficio de “corredor” (persona que se ocupa de conseguir negocios para diversas empresas), actividad en que recogió pedidos para trabajos de imprenta. Posteriormente, obtuvo empleo en la imprenta, en la tarea de corrector de pruebas de diarios y de ediciones de libros.

Contrajo matrimonio a los 29 años, del cual no tuvo hijos.


Durante muchos años habitó una casa situada en la calle Herrero y Espinosa, donde disponía de un altillo al que se llegaba por una escalera externa, y en el cual apenas tenía una estantería con libros, una mesa y un par de sillas; y que era el lugar donde escribía sus poemas. Al parecer, era sumamente escrupuloso en la elaboración de ellos, realizando numerosos borradores antes de considerarlos terminados.

Según sus biógrafos, no habría sido una persona muy inclinada a la lectura de libros; aunque había leído a algunos escritores rusos (Dostoyewsky, Tolstoy) que parecen haber influído en su formación ideológica - aunque parece haberse convertido ulteriormente a la religión católica - y también algunos autores franceses especialmente Romain Rolland.

Llevó en buena medida el estilo de vida llamado “bohemio”; sin otras preocupaciones en el plano económico y laboral que la de obtener un pasable sustento. Frecuentó la compañía de una “barra” de amigos de café, con los cuales solía trasnochar caminando por las calles, y algunas veces beber con abundancia. Su gusto por trasladarse a pié entre su casa y su trabajo, así como en otras oportunidades, justifica el nombre de su segundo libro, “Equis andacalles”

Se le considera integrante de la llamada “generación del Centenario“, grupo de escritores que publicaron sus obras en torno a la década de 1930; a pesar de que sus ediciones son de los años de 1940. Formó parte del círculo de intelectuales de la literatura de mediados del siglo XX, entre los que se menciona como los más notorios a Carlos Martínez Moreno, Arturo Sergio Visca, Clara Silva, Idea Vilariño, Carlos Maggi, Mario Arregui - su biógafo - y el eminente crítico literario Emir Rodríguez Monegal.

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Su obra literaria.

Su obra se compone de tres libros de poemas, “Cometas sobre los muros” (1940) “Equis andacalles” (1942) y “Días y noches” (1946); que fueron reunidos bajo el título “Tiempo y tiempo” en una edición póstuma.

La obra poética de Líber Falco lo aparta de las características de su generación, en cuanto implica un ruptura con el exceso metafísico de sus antecesores, y aún de algunos poetas de lo que cabe considerar su misma promoción.

Estas obras marcan un momento clave de la evolución de la poesía uruguaya contemporánea y ejercen una clara influencia en las generaciones posteriores.

En su breve obra, Falco lleva el lenguaje poético a una desnudez extrema. Sus versos tienen un tono de intimidad e inmediatez que los vinculan con la espontaneidad del lenguaje oral, y transmiten una emotividad universal y profunda.

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Notas sobre “Biografía”.

El poema no se incluye en esta Página por razones de derecho de autor. El estudiante que no lo obtenga, puede solicitárnoslo por nuestro correo electrónico, y gustosamente se lo enviaremos por la misma vía.

El poema se compone de una serie de versos sin división estrófica, la mayoría de los cuales son octosílabos. La rima es consonante, aunque hay algunos versos sueltos.

Desde el título mismo, el poema asume un tono autobiográfico. En él, el yo lírico aparece como protagonista único; y se caracteriza por estar cargado de subjetividad. No se narran hechos, aunque el poema está enfocado hacia una etapa de la vida de su autor. Se asocia el yo lírico con el autor.

Por otra parte, el llamar la poema con ese título, que debiera corresponder a un relato de la totalidad de la vida de la persona, implica de por sí atribuir a la época en que vivió y a la cual se refiere, una transcendencia superior a la de todo el tiempo y sus actividades ulteriores; lo que desde el mismo título está exponiendo la importancia que esa época de niñez tiene para la valoración que el poeta hace de sí mismo. Evidentemente, queda implícita en ello la contraposición de la vida feliz y despreocupada de la niñez, con la vida adulta y sus componentes.

El poema se inicia con un exclamativo (“Qué barrio..”) que desde ya marca la subjetividad del yo lírico.

En los primeros dos versos emplea la técnica de la anáfora, consistente en reiterar “Jacinto Vera”; lo que asimismo le habilita a obtener la rima y mantener la métrica para el segundo verso, en el cual el único contenido que importaba era expresar que había nacido allí.

Los versos 3º y 4º tienen un carácter descriptivo, marcando el carácter humilde de las viviendas del barrio; que al contrario de lo que es usual en la ciudad de Montevideo y de lo que en realidad ocurre en ese mismo barrio - y seguramente también lo eran en la época en que el poeta sitúa su niñez - no son casas de ladrillo sino “ranchos”. Y que refuerza indicando que son “de lata por fuera”, expresión que alude a construcciones precarias que se hacen utilizando restos de hojalata obtenida de envases desechados, y otros materiales metálicos de chapa. Pero, de todos modos, esa referencia al material externo le permite insertar a continuación un elemento que induce la calidez interior; al decir que son “y por dentro de madera”. Se busca expresar en forma de antítesis entre el material exterior y el interior, la frialdad externa y la calidez interna.

Hay un empleo elíptico del verbo SER, que se omite mencionar, para indicar de qué material son los ranchos.

El poeta se aplica a enaltecer el barrio, dando de él una visión espiritual e idealizada, en función de que ese lugar representa para él una serie de vivencias de su vida de niño y pre-adolescente, que evoca implícitamente. Así es que habla de las casas, para aludir implícitamente a las personas que habitan en el barrio, de los cuales da una imagen genérica a través de la descripción de las modestia de sus casas. No es posible dejar de apreciar la afinidad de la descripción del barrio - con sus casitas de lata entre las que asoma la luna - con la de otras expresiones artísticas, tales como las letras de algunos tangos de la década de mayor desenvolvimiento de esa forma musical, la de 1940 en que este poema fuera escrito.

Se realiza también una personificación de la Luna, al punto de que en una descripción hasta el momento meramente paisajística, la mención de la Luna que al principio podría considerarse un elemento paisajístico más, ella termina siendo un personaje que alterna con la figura del propio poeta, que de pronto aparece, proyectado como en un holograma, dentro de ese paisaje y en su época juvenil. A partir de ese momento, la Luna adquiere una significación distinta a la que le sería propia, como si fuera una Luna exclusiva, personal y perteneciente al poeta, por el hecho de que la veía desde su barrio y entre las casas.

Vuelve a emplearse la técnica de la anáfora, al mencionar en dos versos seguidos que la Luna “de repente” aparece y desaparece; incorporando además una referencia temporal dentro de un contexto cronólogico, que en general es intemporal, o por lo menos tiene una ubicación en un pasado impreciso aunque delimitado. Nada indica la distancia cronológica que separa al poeta de su infancia, pero de todos modos, la evocación se sitúa en ese período de su vida.

En estos versos, el poeta emplea una metáfora, según la cual parecería que la Luna estuviera interactuando con él, como jugando al juego infantil de la “escondida”. Al mismo tiempo, presenta una repetición rápida de imágenes visuales alternadas, iluminadas y más oscuras, que establecen un ritmo e introducen además un elemento de sorpresa; así como la presencia de una Luna marcadamente visible y destacada, implica una referencia temporal a la noche.

En definitiva, el poema trasunta una visión idealizada de una determinada etapa de la vida del poeta y del barrio en que - dice que - vivía, que es objeto de generalización en cuanto a verla exclusivamente como una epoca feliz, idílica, en que el personaje se encontraba en paz espiritual, libre de preocupaciones. Es una visión de la época infantil y preadolescente realizada evocativamente, desde la edad adulta; y que unifica toda la actividad lúdica y despreocupada de esa edad a través de un fantasioso juego del niño con la Luna.

Las casas, presentadas como indudablemente muy modestas - y que en sentido realista, de haber sido como las describe, es probable que fueran muy poco confortables - son idealizadas y convertidas en símbolos a través de una referencia claramente cargada de afectividad y subjetivismo. Todo el contorno se convierte, junto con la Luna, en una referencia de paisaje.

Al finalizar el poema, el tono afectivamente evocativo, se refuerza con el empleo de un nuevo exclamativo, Ah!, que ya no es tan admirativo como el anterior, sino principalmente nostálgico.

Emplea el posesivo al mencionar a “mi barrio”, para expresar el sentido de pertenencia, que no resulta ser tanto pertenencia del poeta respecto del barrio, sino a la inversa; lo que marca la inserción de las visiones del barrio en su propia personalidad. Lo que le pertenece, entonces, no es el barrio como elemento material, sino sus recuerdos de los tiempos vividos en él.

La personificación del barrio como entidad se realiza asimismo refiriéndose a la Luna como si fuera un elemento propio del mismo; como si la Luna fuera un componente del barrio, además de ser “suya”. En definitiva, ello importa conformar en su totalidad el cuadro visual, evocativo, que reside en el recuerdo que el poeta exterioriza en el poema.

El poema puede ser considerado, asimismo, como una expresión de la inclinación - bastante frecuente incluso en la actualidad - a idealizar el “barrio”, como limitado centro de referencia social de ciertas personas, en cuya vida cotidiana está ausente un amplio nivel de desplazamiento y de desarrollo intelectual, que les aporte una visión más completa del espacio geográfico a que se sientan ligados, y del nivel de las cuestiones que afectan a las sociedades que comprendan integrar.

Es una actitud frecuentemente asumida en etapas del desenvolvimiento de las sociedades, en que no existen impulsos de cambios en las costumbres y el entorno de los individuos. Fue una situación de estancamiento que existió en la sociedad uruguaya y especialmente montevideana, a partir de las condiciones económicas originadas en 1929, y durante varias décadas; en la cual la monotonía y falta de impulso para emprender proyectos individuales de desarrollo personal - un contexto en que, personalmente, se desenvolvía Falco, incluso en su época adulta, por más que sus biógrafos idealicen su “bohemia” - ha sido indudablemente sublimado presentándolo como un ideal. En ese sentido, hasta se podría interpretar la nostalgiosa evocación de la niñez con su ausencia de preocupaciones y responsabilidades, como una expresión de falta de éxito para afrontar las de la edad adulta.

Una especie de concepción y de actitud cultural, según la cual las realizaciones y los retos del mundo económica y técnicamente avanzado, son una suerte de antiprogreso; que fue, sin duda, la tesitura de buena parte de los medios intelectuales nacionales en los tiempos inmediatos a la post-guerra mundial - especialmente expresada en alguna publicación periodística de la época - cuya influencia negativa en muchos campos de la cultura ha incidido fuertemente, en sentido negativo, en la vida nacional.

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