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El Muerto - Cuento de Horacio Quiroga.
( C o m e n t a r i o )


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En este relato, Horacio Quiroja provee un ejemplo excelente de lo que representa el cuento como un modelo literario.

No solamente el relato es breve por su extensión; sino que lo es en cuanto al tiempo de ocurrencia de lo relatado. Especialmente: la brevedad del cuento se refiere al tema que aborda; mientras la novela abarca a menudo un período de tiempo de relato extenso, puede incluir muchas líneas de relato o argumentos, aunque estén entrelazados. Y, sobre todo, además de abordar un tema central, es posible que también trate otras cuestiones igualmente vinculadas.

En este cuento, se relata un único suceso, de modo que la brevedad del tiempo real y lo trascendente del hecho, hacen que todo lo relatado transcurra a gran “velocidad” hacia el desenlace final.

En “El muerto” hay pocos personajes. El principal es el hombre al que le ocurre el accidente; pero también están el muchacho que pasa silbando, la esposa y el hijo del hombre.

El relato, en su brevedad, utiliza de manera magistral diversas técnicas; pero se caracteriza especialmente por una capacidad extraordinaria de expresar y sobre todo de sugerir mucho, con escasísimas palabras o imágenes.

Quiroga tuvo una fuerte atracción por el cine, que en su época comenzaba a conocerse; y respecto de cuyos mecanismos de lenguaje apenas se comenzaba a trabajar. Era, además, una persona muy interesada en las habilidades prácticas y lo que hoy se llamaría las tecnologías recientes. Le interesaba la electricidad y sus aplicaciones, y también las técnicas fotográficas.

La estructura del relato puede asimilarse mucho a una presentación de cine. Además, es perceptible que Quiroga no se limita a recurrir al uso de imágenes sucesivas; sino que utiliza los recursos propios de la técnica cinematográfica, como los diversos planos de acercamiento de la imagen y la consiguiente delimitación del cuadro.

Sin embargo, no sería fácil tratar de convertir el cuento en una película; porque Quiroga alterna muy eficazmente el lenguaje por imágenes o sonidos, con un desarrollo que ocurre en la propia mente del personaje, imposible de trasladar, a menos que se lo reduzca a un relato verbal que resultaría sumamente inadecuado en una película de cine.

El cuento comienza con una imagen del hombre que acaba de limpiar con el machete una parte de una plantación de bananas. Con esta única palabra, “el bananal”, de hecho Quiroga ya está haciendo una ubicación de lugar, dado que las bananas sólo crecen en zonas tropicales.

El lector “ve” al personaje parado frente al lugar que acaba de limpiar. En un breve párrafo, cambia de una presentación “fotográfica” hacia una “psicológica”: el hombre decide tomarse una siesta, porque le queda poco trabajo; lo que evidencia un estado de ánimo distendido y sin prisas. Esa actitud de despreocupación es como un telón de fondo que prepara el choque violento con lo que de inmediato habrá de suceder.

La siguiente escena es también, como en el cine; es un relato visual. Pero, mientras la primera era lo que puede considerarse un “plano general” donde más que el hombre importaba el paisaje, ahora pasa a un “primer plano”. Además, aplica lo que en el cine se llama “subjetivismo de cámara”, o sea que la cámara pasa a mostrar lo que el personaje ve con sus ojos. El “espectador”, en este caso el lector, no “ve” al personaje como algo externo, sino que toma el lugar del personaje y ve lo mismo que él está viendo.

Primero, son los alambres que trata de separar para pasar, luego la bota que resbala en un trozo de corteza. De manera muy especial, hay una imagen claramente cinematrográfica de primer plano, en la referencia a que el hombre no ve el machete caído en el suelo.

En este punto, Quiroga pasa de la imagen visual, a un plano puramente psicológico: sin mencionarlo directamente en ninguna forma, ni transmitir el pensamiento que suscita en el personaje esa “no imagen” constituída por la no visión del machete caído en el suelo, en el lector surge la misma reflexión que esa imagen debió producir al personaje: el razonamiento de que si no está caído, se le ha clavado en el cuerpo.

Lo notable de la técnica del relato, es que no se hace ninguna mención expresa de ello. Quiroga utiliza aquí una forma de relato elusivo, implícito, sugestivo; donde las cosas que trata de transmitir aparecen en la mente del lector sin que el relator las exprese: apenas porque le ofrece algunos indicios de lo ocurrido. Y habiendo identificado previamente al lector con el personaje en el aspecto visual, al mostrarle lo mismo que él veía como si ojos fueran los del personaje, ahora lo identifica en el plano mental conduciéndolo a pensar lo que pensaría el personaje, pero sin expresarlo en absoluto.

Quiroga podría haber recurrido a otras formas de relato. Podría haber mencionado que el personaje sentía en su cuerpo el frío del metal que lo penetraba, o el dolor de la herida que le causaría, naturalmente, el clavarse el machete.

Sin embargo, no hay ninguna referencia de sensaciones corporales que serían, normalmente, las que predominarían en cualquier persona que afrontara esa situación. Se conforma con dar una sugerencia, que además concurre a crear un ambiente de incertidumbre acerca de si realmente se habrá clavado el machete, y deja cierta esperanza de que no haya sido así.

Aunque solamente con haber leído el nombre del cuento, que en el fondo es un elemento del mismo relato en cuanto predispone al lector, ya conforma un anticipo acerca del desenlace, esa “esperanza”, más que un contenido del relato mismo, es un reflejo de lo que siente el personaje.

Enseguida veremos que hace una referencia “muda” al dolor físico del personaje lo que contribuye a que, el plano en que el relato se centraliza, sean los pensamientos y las angustias del personaje, más que el padecimiento físico que indudablemente, desde un punto de vista lógico, debió sentir al clavarse el machete.

De inmediato, el autor pasa de unas imágenes de “primer plano” - en términos de lenguaje cinematográfico - a un “close up” o plano extremadamente cercano.

El hombre tiene la tierra y el pasto pegados a su cara, se le introduce en su boca “que acaba de abrirse”. Esto, que sugiere que el hombre ha gritado de dolor, (pero no lo expresa así ni introduce el sonido de su grito, que no menciona), tiene un claro paralelo con la anterior “no imagen” constituída por el no ver el machete en el suelo; aquí es un “no sonido” cuya ausencia, frente a lo que sería un total realismo del relato, evidencia que, en el subjetivismo que es el plano fundamental del relato, para el personaje ese probable grito de dolor, es como si no hubiera existido.

Los ojos del personaje - que siguen siendo como el lente de una cámara de cine - alcanzan a ver parte de su brazo, y el mango del machete. Esta imagen del mango del machete, sin ver el resto, que puede decirse que sólo dura unos segundos, alcanza por sí sola para confirmar que se le ha clavado en el cuerpo. Y una vez más, opera la sugerencia de lo que no se muestra y el razonamiento que de ello se deduce, como un instrumento para transmitir lo más trascendente del relato, sin decirlo expresamente.

Hasta aquí, el relato se ha desenvuelto en un tiempo real brevísimo, el que puede transcurrir desde que una persona intenta cruzar un alambrado hasta que al resbalar cae al suelo; posiblemente, menos de un minuto.

En este punto, Quiroga comienza a jugar con el contrapunto del tiempo real y el tiempo subjetivo o mental del personaje, para crear una permanente y creciente sensación de angustia ante la proximidad de la muerte, las posibilidades de eludirla y el modo en que el personaje logra percibir el transcurso del tiempo que le es tan importante y acerca del cual está confuso.

El relato se instala no ya en el mundo exterior en que venía desarrollándose, sino en la mente del personaje. De un “subjetivismo de cámara” de índole visual, pasa a un subjetivismo psicológico, en que lo que se describe al lector son las reflexiones del personaje, y algunas sensaciones que él recibe, pero ya no tanto visuales, sino más bien sonoras, pero esencialmente como apoyo del desarrollo de sus pensamientos.

Lo primero que se presenta, es la percepción de que le ha sobrevenido en forma totalmente inesperada y súbita una situación desesperada. De estar distendido y dispuesto a dormir una siesta, el personaje pasa instantáneamente a la conciencia de que se ha clavado el machete, y se muere. Es la conciencia de que la posibilidad de la muerte estaba siempre presente, aunque él no la consideraba para nada.

Cuando Quiroga estampa esas dos palabras: “se muere”, no es un espectador o un relator que lo expresa; es el propio personaje que toma conciencia de ello. En esas dos palabras, sintentiza notablemente toda la situación psicológica y mental del personaje. Y, al mismo tiempo, abre una espectativa de si realmente será así, si lo que aparece como inmediatamente inevitable, podrá llegar a evitarse.

Fugazmente, aparecen nuevas imágenes, que sirven de base al desarrollo de los pensamientos que pasan por la mente del personaje. La vista de que las sombras no se han movido. No hay que olvidar que el hombre está caído de frente, con la cara casi pegada al suelo, por lo cual difícilmente podría ver el sol en forma directa; pero sí puede ver la sombra que proyectan las cosas cercanas, tal vez el poste en que resbaló, o su propio cuerpo.

En este caso, Quiroga es más explícito. No se contenta con mostrar que el hombre ve que las sombras no se han movido, sino que presenta el razonamiento del hombre ante ello. Primero alude a que el sol está en el mismo sitio, pero de inmediato el lector percibe que éso no es una visión directa del personaje, sino algo que él deduce al apreciar que las sombras no se han movido. Y también plantea un tiempo puramente psicológico, de que al personaje le parece que sólo han transcurrido dos minutos; pero dejando implícito que no está muy seguro de ello, porque lo que ha sucedido y le está sucediendo es de una enorme importancia para él, como si no fuera posible que hubiera ocurrido en tan corto tiempo.

Es interesante analizar cuál puede ser el tiempo real del relato. El hombre se disponía a dormir una siesta, pero evidentemente no debía disponer de mucho tiempo para ella, porque - en el principio del cuento - todavía le faltaba terminar de cortar algunas chircas.

Luego sabremos que el hombre acostumbraba ir a comer a su casa cercana, (lo que termina de ubicar el hecho en una propiedad probablemente pequeña, en la que realizaba el trabajo del cultivador de bananas) a las 12 menos cuarto. Podemos suponer que si la siesta fuera como mínimo de 15 minutos, y otros 15 pudiera haber necesitado para terminar de limpiar las chircas antes de retornar a su casa a las 12 menos cuarto, se dispuso a dormir la siesta alrededor de las 11, tal vez muy pocos minutos después.

Sin embargo, la sensación que deja la lectura, es de que el tiempo que transcurre desde que se cae, es mucho menor, y que casi enseguida de haberse caído llega el muchacho de las 11 y media.

El autor comienza a jugar alternativamente con la angustia de la muerte como una circunstancia no solamente inesperada, sino que le sobreviene al personaje cuando no estaba en sus pensamientos de ninguna manera, como un “cataclismo”; y con la esperanza un tanto difusa de que pueda en definitiva evitarla, consiguiendo auxilio.

Introduce una sensación meramente sonora, el silbido del muchacho que siempre pasa caminando por allí a las 11 y media; lo que pauta la percepción de la hora y le da al personaje una comprensión - que no es transmitida al lector, sin embargo, aunque es lógico que la tenga - de cuánto hace que está caído. Al mismo tiempo el lector es informado de algo que sólo el personaje sabe: que el muchacho pasa a 15 metros del lugar donde él está caído.

Durante breves instantes el lector recibe la misma esperanza del personaje: que el muchacho lo vea caído y acuda a asistirlo; pero en el instante siguiente esa posibilidad se desvanece al percibirse que el muchacho ha pasado de largo.

El relato continúa en un plano de subjetivismo, centrado en los pensamientos del personaje, caído boca abajo y que por sí no puede ya tener percepciones visuales, al punto de que probablemente haya cerrados sus ojos. Pero Quiroga vuelve a aludir a que tiene la cara contra el pasto, posiblemente sin fuerzas para separarla del piso, lo que sugiere que se encuentra muy debilitado. Hay una referencia a que está “cansado”, que indica que está desfalleciente.

Transcurrido el instante fugaz de la esperanza desvanecida de inmediato de que el muchacho lo encontrara, comienza a surgir otra esperanza. El personaje sabe que a las 12 menos cuarto, pocos minutos después de esa hora a la que el muchacho pasa silbando, su esposa y su hijo salen normalmente de su casa a recibirlo cuando retorna al mediodía.

Se crea la espectativa, y parecería que se oye el grito del chico. Razonablemente, un niño que sale a buscar a su padre, sólo grita llamándolo cuando lo ve venir; y sabemos que eso no ocurre. El relato mezcla - entonces - la evocación mental que el personaje realiza de ese grito, con la posibilidad de que lo esté escuchando realmente, lo que indicaría que lo han encontrado, y suscita así nuevamente la esperanza de ser asistido.

Pero en este punto, el relato vuelve a ser abiertamente cinematográfico y visual para el lector. La imagen se centra en el caballo, que había quedado junto al alambrado. El relato transmite una sensación de indiferencia ante la muerte del hombre que en ese momento está ocurriendo, al referirse al caballo mordisqueando distraídamente el pasto.

En el desenlace, la imagen del caballo junto al hombre que acaba de morir, en la imposibilidad de que el animal pueda tener una comprensión de ese hecho, permite a Quiroga presentar la indiferencia de la naturaleza frente al fenómeno de la muerte del hombre.

Como una circunstancia que, sin haber sido algo que el hombre estuviera considerando en el instante previo, la muerte de todos modos estaba presente en la propia circunstancia de su vida. Tanto, que lo tomó desprevenido y se produjo por una causa en cierto modo banal, como lo es un simple resbalón al cruzar los alambres, en unos pocos minutos; y sin que nada a su alrededor le dejara posibilidad alguna de eludirla. Mientras el hombre quedaba prácticamente aislado del mundo, pudiendo percibir solamente algunas sensaciones visuales y acústicas mínimas, pero esencialmente el hombre muere a solas con sus pensamientos.

De esta manera, Quiroga logra con este cuento, una enorme concentración de tiempo, lugar y circunstancias, para presentar la muerte. Contrasta por un lado esa previa despreocupación por ella en la vida cotidiana, con la realidad de que está implícita en la propia existencia de la vida y se hace presente en el momento menos pensado.

Explota el dramatismo de su acaecimiento inesperado, en el momento menos oportuno y de forma súbita e ineludible, de la cual el hombre toma conciencia de pronto, en forma de “catástrofe”.

Crea un ámbito de extrema angustia, por la brevedad de los tiempos que le quedan disponibles ante lo inevitable de su muerte, y la urgencia de un auxilio que hay algunas posibilidades de que ocurra; y por lo tanto suscita alternativamente la esperanza de que exista y la desazón de ver que no llega, mientras se acaba el tiempo.

Y, finalmente, la presenta como el hecho consumado e irreversible, pero que no altera ni conmueve a la Naturaleza en sí misma. Una vez que el hombre ha muerto, todo a su alrededor continúa, sin alterarse por ello.


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