Las grandes islas próximas a la península itálica, Córcega, Cerdeña, y sobre todo Sicilia constituyen una prolongación que se proyecta hacia las costas del norte de África; separada del extremo sur de la península por el angosto Estrecho de Mesina y dotada de fértiles llanuras; en un emplazamiento estratégicamente dominante del pasaje entre el Mediterráno Oriental y Occidental.
Primeros pueblos de la península italiana
En la prehistoria, la península italiana estuvo habitada en la época neolítica, especialmente en la cuenta del Pó, por pueblos agricultores que construían chozas sobre pilotes; los cuales han sido denominados terramares (tierras negras) a causa de haber quedado sus aldeas cubiertas por la tierra, formando colinas. En esos pueblos, cuyo origen no es trazable, se produjo la evolución del neolítico (época de los utensilios de piedra pulida) hacia la edad del bronce, al haberse utilizado este metal, especialmente para fabricar puntas de armas y otros utensilios.
Durante esa Edad del Bronce, transcurrida aproximadamente entre los años 2000 a 1000 a.C., sobrevinieron en la Europa Central, habitada por los pueblos del tronco denominado indoeuropeo, circunstancias desconocidas que determinaron una emigración de éstos hacia el sur; dirigiéndose algunos hacia los Balcanes y la península griega y otros hacia la península itálica, a través de los pasos de los Alpes.
Los pueblos indoeuropeos que penetraron en la zona de la cuenta del Pó, son conocidos como los pueblos itálicos; los que aparentemente se mezclaron con los preexistente habitantes de dichas llanuras, a lo largo de varios siglos, y en sucesivos avances se extendieron gradualmente hacia el sur.
Organizados en tribus, los pueblos itálicos se diferenciaron en tres grupos predominantes, los umbríos que se situaron al este de los Apeninos en la costa norte del Adriático, los samnitas inmediatamente al sur de los anteriores, en los valles y estrechas estribaciones orientales de los Apeninos; y los latinos, que se instalaron en la zona del Lazio, en el valle del río Tíber especialmente en las áreas de la ribera sur, cercanas a la costa del mar Tirreno.
Estos pueblos vivieron de una agricultura primitiva y de la cría de rebaños, especialmente ovinos, durante el segundo milenio a.C., en la etapa de la edad de bronce; hasta que, entre los años 1000 a 600 a.C., al tiempo que ingresaron en la Edad del Hierro, aparecieron en las costas itálicas pueblos provenientes de los territorios de civilización más avanzada del Mediterráneo oriental, los fenicios, los etruscos y los griegos, lo cuales, introduciendo la escritura, pusieron fin a la época prehistórica.
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La civilizacion etrusca
Los etruscos, con toda probabilidad provenientes de la zona de Frigia en Asia Menor, emigrados a causa de las invasiones ocurridas en sus territorios, llegaron por mar a la zona del norte del río Tiber, estableciéndose a ambas márgenes del río Arno, territorio al cual dieron su nombre antiguo de Etruria, actualmente la Toscana.
Dotados de un grado de civilización muy superior al de las poblaciones itálicas de esos territorios, se impusieron culturalmente sobre ellas, desarrollando una estructura de ciudades-estado unidas por una comunidad de religión y de cultura, similares a las de la antigua Grecia, de las cuales fueron las principales Ceres, Clusium, Tarquinia y Veyes. Dotados de grandes condiciones para la industria y el comercio, así como pueblos obviamente navegantes, los etruscos prosperaron en la elaboración del bronce y el hierro para la fabricación de armas y otros instrumentos bélicos - como corazas y carros de guerra - y en la fabricación de elementos ornamentales de oro, que comercializaron en toda el área del mar Tirreno, especialmente con los griegos y los fenicios.
El contacto con los griegos de las cercanas colonias de Sicilia y el sur de la península italiana, ejerció importante influencia en algunos aspectos de la civilización etrusca; especialmente en la arquitectura y la pintura. Cabe a los etruscos haber introducido en la arquitectura griega una importante innovación que luego sería transmitida a la civilización romana, al emplear en sus construcciones las bóvedas y arcos.
La religión etrusca, poco conocida, se centraba en el culto de los muertos que enterraban en cámaras subterráneas decoradas son pinturas y relieves; claro antecedente de las catacumbas romanas. Otros elementos religiosos, también transmitidos a los romanos, los constituían las prácticas de adivinación del porvenir, especialmente a través del estudio del vuelo de las aves y el estado de las entrañas de los animales sacrificados a los dioses.
La dominación etrusca se extendió sobre el territorio norte-central de la península italiana, desde la llanura del Po hasta el sur del río Tíber, abarcando el Lazio y los límites de la Campania; con lo cual, ejerció una poderosa influencia sobre los latinos habitantes del sur del Tíber; a los cuales impulsó hacia más avanzados estadios de civilización, en los cuales se integraron en gran medida los elementos institucionales y culturales de la civilización etrusca.
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La expansión fenicia en el Mediterráneo central
Los fenicios que constituían un antiguo pueblo navegante del Mediterráneo originario del Asia Menor, centrados en la ciudad de Tiro alcanzaron la zona del Mediterráneo central, estableciendo colonias sobre las costas Africanas, también a comienzos del primer milenio a.C.
Su colonia más importante llamada a desempeñar un papel muy trascendente en la historia romana fue la ciudad de Cartago, que fenicios provenientes de Tiro fundaron en el norte de África, frente a la isla de Sicilia, hacia el año 815 a.C. Un siglo después, cuando los ataques asirios despojaron a Tiro de su predominio comercial en el Mediterráneo oriental, Cartago heredó su hegemonía comercial; extendiéndose sobre las costas africanas del Mediterráneo en dirección a Gibraltar y el sur del España, e instalando colonias y factorías en las grandes islas del mar Tirreno, especialmente Cerdeña y Sicilia, de la cual ocuparon la mitad occidental.
La expansión cartaginesa en el Mediterráneo oriental, el Tirreno y las islas y costas itálicas, tropezó principalmente con los colonizadores griegos; pero siendo contemporánea de los primeros tiempos de Roma, formalizó con ella una extensa alianza, hasta que el crecimiento y la expansión romana condujo a ambas ciudades, Cartago y Roma, a un enfrentamiento en las Guerras Púnicas
, que terminó siendo mortal para la colonia fenicia.
La colonizaón griega en el mar Jónico
Las ciudades griegas, que habían comenzado una contínua creación de colonias en las zonas del Asia Menor, iniciaron la colonización del sur de la península itálica y el este de la isla de Sicilia, también hacia el siglo VIII a.C., en forma casi contemporánea con la expansión fenicia en el Mediterráneo central, creando lo que se llamó la Magna Grecia.
Fundaron como principales colonias, las ciudades de Tarento, Crotona y Sibaris en la zona del golfo de Tarento, Cumas, Nápoles y Posidonia en las costas napolitanas del mar Tirreno, y Messina y Siracusa en el este siciliano; colonias que alcanzaron un gran desarrollo cultural y prosperidad económica.
Los contactos de los navegantes y comerciantes de las colonias griegas del Mediterráneo central, con los etruscos y las tribus itálicas de la zona del mar Tirreno, fructificó en la difusión entre estos pueblos del alfabeto, el arte, las creencias religiosas y las costumbres griegas mucho más avanzadas; así como en el comercio con los productos de su industria.
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Los pueblos itálicos en el siglo VIII a. C.
Hacia el siglo VIII a.C. en que según la leyenda se fundó la ciudad de Roma coexistían en el área centrada en el mar Tirreno, las civilizaciones fenicia, griega y etrusca. Esta última directamente colindante con los pueblos itálicos, principalmente los latinos habitantes de la zona del Lazio, al sur del río Tíber, había desarrollado con ellos una convivencia que permitió a los latinos, sin perder su identidad étnica, asimilar muchos componentes de la superior civilización etrusca.
Los etruscos, aliados con los cartagineses, habían logrado expandir su hegemonía desde la llanura del Po hasta bien al sur del río Tíber; pero debieron enfrentar en el siglo VI a.C. la presión que desde las estribaciones de los Alpes ejercía otro pueblo, los galos cisalpinos, que invadieron las fértiles llanuras de la cuenca del Po. Enfrascados los etruscos en resistir a los galos, por un lado, y los griegos y cartagineses en sus contiendas por el dominio en el Tirreno, se establecieron las condiciones que habrían de permitir que la novel ciudad de Roma lograra finalmente imponer su dominio.
En el siglo VIII a.C., la ciudad latina más importante era la ya antigua Alba, situada al sur del río Tíber y a cierta distancia de las costas del mar Tirreno; que atribuía su origen a descendientes del héroe troyano Eneas, emigrado al Lazio desde Troya, cuando esta ciudad fuera tomada por los griegos, según los relatos efectuados por Homero en La Ilíada.
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