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La Nación y los nacionalismos
Por su parte, correspondió a la Revolución Francesa desarrollar y enaltecer el concepto de Nación como un componente fundamental del Estado; en busca de un concepto sustitutivo de la lealtad al Rey, como elemento políticamente aglutinante de la sociedad y el Estado.
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Puede definirse el concepto de Nación como la comunidad social unificada en torno a su cultura y a su historia, potenciada por la conciencia común de un destino colectivo.
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El componente cultural puede estar integrado por la comunidad de idioma, la concordancia en respetar y seguir ciertos valores básicos de convivencia, la creencia en una misma religión, la existencia de tradiciones y costumbres comunes de diverso tipo, y otros elementos que más directamente se asocian a la cultura, como un común fondo literario, musical, arquitectónico y de otras expresiones artísticas.
El componente histórico reside principalmente en haber convivido los integrantes de esa sociedad y sus antepasados en un territorio geográfico, haber cumplido en él un proceso histórico durante el cual se hayan consolidado los factores de unificación política, creado un sistema institucional a veces mediante un proceso intensamente bélico (revoluciones, guerras de independencia, guerras de resistencia ante atacantes extranjeros, guerras civiles) como resultado de lo cual exista entre los integrantes de esa sociedad, generación tras generación, un sentimiento de patria (patria viene de padre, y asocia el amor a la tierra con el culto a los antepasados) sentido profundamente por la inmensa mayoría de los hombres actualmente integrantes de la sociedad política.
El concepto de Nación - y su consecuente el de nacionalidad - presupone esencialmente un profundo sentimiento de adhesión y pertenencia a un grupo social constituído en comunidad política; que sobrepasa todas las divergencias existentes al interior de esa sociedad en diversas cuestiones, para llevarlos a coincidir en ciertos componentes fundamentales; los cuales se expresan generalmente en determinados elementos simbólicos, como la bandera, el himno nacional, el escudo patrio, y el respeto hacia los padres de la Constitución, o los héroes de la Independencia Nacional. Y, sobre todo, en la lealtad sincera, profunda y permanente, hacia los grandes valores fundamentales, que justamente conforman los principios jurídicos y políticos sobre los que se asienta la Nación misma.
Ese concepto de Nación es el que ha movido, a partir de la Revolución Francesa, a las poblaciones de los principales países y ha sustentado las principales y más importantes realizaciones de la Historia. Ha sido, esencialmente, un sentimiento colectivo en cuanto compartido por la inmensa mayoría de los integrantes de esas sociedades; pero esencialmente individual también, en la medida en que ha impulsado a cada uno de esos integrantes a participar con enorme dedicación y compromiso en esos mismos hechos.
Sin embargo, no siempre los componentes mencionados se encuentran presentes todos, o en el mismo grado de incidencia, en los agrupamientos humanos que ellos mismos se consideran como conformando una Nación; y no siempre un Estado está compuesto por una única Nación, ni siempre una Nación ha conformado o conforma un único Estado.
En este sentido, es sistemático mencionar el caso de la Confederación Helvética (Suiza), cuyos pobladores se consideran conformando una Nación (y así lo hacen), a pesar de que en una población relativamente menor por su número, del orden de entre 5 y 10 millones de personas, hablan algunos en francés, otros en alemán y otros en italiano. Si bien crecientemente esos idiomas se difunden entre todos los suizos y muchos hablan dos o los tres, ninguno de ello predomina sobre los otros, ni se abandona su uso predominante en las regiones respectivas; y además, al mismo tiempo, cada núcleo idiomático continúa sus tradiciones, su cultura literaria, etc.
Del mismo modo, otro ejemplo habitualmente mencionado en este aspecto, es el del pueblo judío; cuyos integrantes conforman indudablemente una Nación y lo han hecho así durante siglos, no solamente en función de una comunidad religiosa sino además en base a otros componentes culturales, sea el idioma, o la exaltación de ciertos valores individuales y sociales. Es conocida la compleja circunstancia histórica en torno a los territorios de la llamada Asia Menor, donde se sitúan los llamados Santos Lugares, habitados en la antigüedad por el pueblo judío, ocupados ulteriormente por pueblos islámicos, objetivo de las Cruzadas medievales; y desde mediados del Siglo XX centro de conflictos en torno a la creación del Estado de Israel por decisión de las Naciones Unidas y la resistencia a admitirlo por parte de diversas comunidades de religión y cultura islámica.
El Islam, por su parte, puede ser considerado en cierta forma como una Nación, en cuanto no solamente constituye una comunidad de base religiosa a pesar de las diversas modalidades religiosas que adoptan sus fieles, a veces con fuerte confrontación entre ellos sino que también tiene una unidad idiomática, cultural y en cierto grado jurídica (en cuanto existe en el Islam una fuerte corriente que sustenta que las reglas de origen religioso, principalmente las que emanan del libro sagrado el Corán, han de ser aplicadas por el Estado como ley, en sentido jurídico). Sin embargo, no existe una coincidencia entre las sociedades islámicas y un Estado; sino que además de existir numerosos Estados islámicos en los que se incorporan otros elementos de nacionalidad, existen Estados en que por razones históricas conviven importantes comunidades islámicas con otras de diverso origen.
De hecho, puede parecer en una apreciación un tanto superficial que en la época actual se encuentran debilitados los conceptos de Nación y de nacionalidad; así como el nacionalismo como sentimiento fuertemente determinante del comportamiento de las colectividades y los individuos. Algunos elementos de la vida moderna tales como principalmente la universalización de las comunicaciones tanto las audiovisuales como por la facilidad de los viajes, la creciente concentración cultural e idiomática, la rápida expansión de uniformidades de comportamientos, modas, etc., el desarraigo geográfico y la inclinación a emigrar parecieran atenuar los factores de diferenciación nacional de las poblaciones.
Sin embargo, es evidente asimismo que lejos de debilitarse, el sentimiento nacionalista sigue fuertemente arraigado en grandes núcleos sociales; y sigue siendo en buena medida el impulso determinante de no pocos grandes desarrollos políticos contemporáneos, incluso algunos muy recientes.
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